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Psicología al pasar

La soledad, esa blanca sensación. Dejemos que nos inunde un momento, que nos levante y nos arrastre. Sin duda sabrán, y si no, lo lamento, que según las últimas encuestas el ochenta por ciento de la gente vive realmente sola, sola consigo misma o a veces (un nada despreciable dieciséis por ciento) sinsigo misma. Comparto mucho de mi tiempo con mi propia soledad personal, que ya a estas alturas ni siquiera me abandona, como correspondería. La pasamos bien, tenemos tanto de qué pensar y conversar entre nosotros que nos divertimos.

Como verán, lo mío podría tranquilamente encuadrarse dentro de lo que un psicólogo barato llamaría esquizofrenia ma non troppo. Por desgracia, pocas veces y en verdad nunca la vida es tan simple. En mi caso, podría agregar ciclotimias, alteraciones de la percepción, indiferencia a partes amplias del mundo y gran pasión por otras igual de grandes, autismos leves o timideces severas, ironía rayana en la idiotez, sensaciones psicosomáticas, torpeza crónica y otro largo etcétera. Creo que hasta debería cobrarme por esta sesión que me estoy dando, y eso les da una idea del punto hasta el cual estoy metido en esto.

Todo esto empezó por una manía de meterme en problemas que tengo desde hace tiempo. Sea por acción, omisión o empate, la cosa es que me meto en problemas. El particular fue una decisión de patear el tablero en mi universidad anterior, y eso a su vez venía de una serie de roces con mi familia y de severos problemas que llevaron a una crisis que decidió explotar de pronto y que no quiere terminarse. O terminarme, vaya uno a saber. Para sacármela de encima a la guacha es que estoy escribiendo esto, por supuesto.

El caso es que estoy en un punto en que muchas cosas de la vida no me importan, entre ellas mi carrera, mi salud (a veces) o lo que pasa alrededor mío. Como podrán haber leído en otro artículo que escribí, podría decir que me veo desde fuera, con ese distanciamiento que da el ver una serie en televisión: aparece siempre ese tipo de pelo ruloso caminando con barba de días, ojos marrones y zapatos nuevos que no sabe qué hacer, pero no me toca, no me conmueve, no hace que me levante.

A esta altura, alguno en mis cercanías puede estar enervándose, pero el caso es que, por un momento, me importa muchísimo más solucionar esto que caerle bien o mal a alguien. Si no les conté de otro modo, es para que se den cuenta que me es muy difícil decir las cosas, que no me llevo bien con grupos de más de dos personas, que me cuesta hablarles de mis cosas porque creo que no les van a importar. Si se están desayunando de todo eso, lo lamento. Lo hago además porque en esta forma puedo hacerlo, y si tienen que conectarse para leer esto que es mi diario en cierto modo, pues gasten el maldito módem y el mouse, que no muerde.

Whatever, sigamos con mi autopsicoanálisis, si es que es posible. Normalmente me trato solo, aunque visto el éxito obtenido de este modo estoy por empezar algo en serio. Uno de los problemas puede ser tener a mi novia y familia tan lejos (mil kilómetros), aunque casi nunca me lo parecía antes. Otro punto a ver sería el detalle de que noto en mí una cierta adicción a la internet, cosa que puede disfrazarse hasta cierto punto de tener un montón de amigos e intereses dentro, pero cuando los gastos de teléfono suben y se notan, pues esa disculpa entra a ser muy ridícula. Third, una molesta tendencia a guardarme las cosas dentro hasta que la caldera revienta con espectáculos pirotécnicos y esquirlas golpeando por todos lados. La poca interacción que siempre tuve con la gente no ayuda. Un ítem particularmente importante es la pérdida del respeto a mi padre, que sufrí después de un incidente muy estúpido por parte suya en un viaje, y que, sospecho, es un desencadenante fuerte de mis problemas académicos: me estoy transformando en alguien que no respeto, aunque sea en parte... Es difícil de sacarse ese peso de encima. Por último (en realidad no recuerdo ahora otros puntos a agregar) tiendo a dejar cosas y proyectos incompletos, a empezar cosas y dejarlas.

Pero también hay ciertos asuntos que me enervan. Entre las pocas cosas que me alteran profundamente están los grandes temas: la libertad de cada uno, y hasta dónde llega, y a dónde no. El racismo en todas sus formas desde el idiota que dice "Yo escucho a los insert band here y todo lo demás es una mierda" hasta el neonazi que dice esencialmente lo mismo pero vestido distinto nomás. La estupidez, incluída la mía (y créanme que una gran parte de mis sentimientos por mí hoy son desagradables) y la arrogancia me molestan. Que no respeten mis creencias religiosas es una de las cosas que más me molestan. Y otras que ahora olvido y se agregarán aquí en cuanto pare a respirar un rato. Esas son las cosas que hacen que la cara se me transforme, que sacan de mí lo más ácido, peleador y discutidor. Y por favor, por favor no corten una discusión seria que tengan conmigo con estupideces. No me molesta perder ante alguien que discute mejor que yo o que tiene razón. Lo que me molesta es que me chicaneen. Quiero jugar, carajo. Jueguen conmigo a esto y no se salgan con bromas o tonteras. Y por supuesto, la música me puede. Me sorprendo llorando a veces, con una sola frase de Pink Floyd o Sabina o Radiohead o Sting o Norah Jones o Pearl Jam, convencido de lo hijos de puta que son esos grandes que acaban de eliminar una más de mis chances de llegar a la fama escribiendo algo tan bueno como por ejemplo How I wish you were here o she lies and says she's in love with him o quien coño me ha robado el mes de abril. Cabrones. Lo mismo pasa con ciertos libros que me hacen sentir bien adentro esa patada al corazón que decía Dolina. El Señor de los Anillos, pero también muchos otros... Podría decir por ejemplo 1984.

Habiendo visto una larga serie de tribulaciones, probablemente te haga falta un poco de alegría, si es que seguís leyendo. Así que ahí va el mejor chiste del mundo:
-Mi perro no tiene nariz- exclamó Jaimito en clase.
-¿Y cómo huele entonces?- consultaron sus amigos entonces...
-Horrible.-

Luego del interludio cómico, sigamos con el tratamiento, digo el artículo. Podría esperar a ver sus soluciones, pero viendo el caudal de e-mails que llueven en mi casilla desde este sitio, creo que lo mejor es empezar yo. Al pasar, verán también que otra de mis características es no poder charlar dos minutos de un mismo tema.

Por supuesto, el problema es que no tengo ganas de resolver el problema. Que es, en gran parte, no tener ganas de resolver el problema. Cuando empiezo (como hice) algo para encaminarme, lo dejo por equis razón. Es cierto que a veces me dan excusas muy buenas. E.g. Ir a a una psicóloga en Mendoza cuando en realidad vivo y viviré por un rato largo en Buenos Aires no es lo más astuto que puedo imaginar para lograr un tratamiento largo, que es lo que necesito. Insistir para que tome una decisión importante en un momento en el qu e estaba totalmente confundido sobre quién era yo tampoco fue una movida magistral, por cierto, y me hizo pensar, siguiendo la ley del menor esfuerzo, que en realidad si a la gente le importa tan poco mi persona como para no darse cuenta de ciertas cosas pues en realidad yo no tenía por qué molestarme mucho en solucionarles su vida. Algo irracional, lo sé. Si releen la frase, verán que toda la situación era irracional, y si a uno no lo dejan correr ni puede atacar la lógica y la razón se van a tomar algo a un bar...

Como sea, esto me hizo pasar, y sigue haciéndolo, por momentos muy feos, en los cuales estuve contemplando seriamente el caso de usar el cuarto piso de cierta facultad para ver si realmente g es de 9,8 m/s2 o no. Al no haber solucionado en realidad nada desde entonces, y habiendo, como es clásico mío, pateado todo para más adelante salvo las frustraciones que eso conlleva, guardadas prolijamente en algún bolsillo para explosiones posteriores, el sistema se acerca nuevamente a puntos que no quiero volver a tocar.

Como estoy convencido a esta altura de que mi capacidad de resolver este problema es un poco menor que la de jugar al truco o al fútbol, disciplinas que el doctor me prohíbe por malo, voy a intentar con un psicólogo, esta vez en Buenos Aires. Siendo malévolos, podrían notar lo cerca que están las vacaciones de invierno... Pero lo intentaré. ¡Deséenme mejor suerte!

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