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Una carta desesperada

Esta carta fue escrita en 1999 aproximadamente, para una ex novia. Un recuerdo a aquella mujer que me inspiró sentimientos tan tristes como éste.

Hace poquito, mi palo de canela dejó de ser mío. Volvió a la selva, a su plantita, aunque según él yo sigo teniendo algo así como su esencia, su dulce aroma pegajoso y tierno. Me dejó en parte por culpa mía, por no regarlo de la manera correcta, y en parte por culpa mía, por haber elegido justo a ese palito, a ese dulce trocito entre todos los otros.
Es que, justamente, me gustaba por sus contradicciones, por su ingenua e increíble lucha contra sus propios diablos de canela. Estaba acostumbrado a que nadie tratara de defenderlo, de entenderlo, como esas gentes que han vivido con lobos y luego no pueden aceptar su humanidad de vuelta, se deprimen y mueren.
Extrañaba esa libertad, mi ramita (en realidad, no debería decirle mi ramita, porque como ven ya no es mía, pero sepan disculpar).

Fue una vida extraña, la nuestra. Yo traté de arrancarlo de su tronco, y él se rehusó violentamente.
Entonces traté de olvidarlo, y empecé a hacerle daño, para demostrarle (demostrarme) estúpidamente que no lo necesitaba, que no me hacía falta, que habían miles de palitos tan buenos como ése, sin nunca llevar a convencerme.

El tiempo pasó, y siguió pasando, lento y largo, hasta que un día en que yo andaba por ahí me llamó y me pidió que lo llevara conmigo.
Yo no sé por qué lo hizo, si fue porque todavía quería estar conmigo, a pesar de mis desaires, o si no quería que lo maltratara más, o qué.

Acepté, obviamente. Necesitaba su fragancia, su textura suave y aterciopelada, su formita única entre todas, su color de café con leche humeante, sabroso y dulce; más que nunca.
Pero mi vida, mientras todo ese tiempo fluía río abajo, había seguido. Ahora yo debía partir, dejando atrás a mi pedacito de color ocre, porque el país adonde iba no aceptaba la entrada de plantas.
Así, estuve lejos de él por mucho tiempo, justo después de habernos encontrado.

Al volver, mi tronquito había cambiado nuevamente de idea. No se sentía cómodo conmigo de este modo. Necesitaba otra vez de su libertad, aunque quería que yo lo siguiera cuidando y regando de tanto en tanto.
Yo lo dejé ir, triste pero seguro de que si no se iba a marchitar, a poner todo quebradizo. Le dije que sí. Y mi tronquito entonces sonrió de pronto, con una sonrisa que yo hacía mucho no le veía, una sonrisa que venía de muy adentro suyo; como si toda su savia cantara sonriendo, como si una catarata de luz le llenara sus ojos de lágrimas doradas.
Y toda su fragancia salió por un momento, pura y libre, y yo cambié, y me sentí feliz.



Por razones obvias, esta carta no está publicada bajo la Free Documentation License.
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